jueves, 30 de julio de 2009

Bicentenario en la bahía a dos voces

Voz Oficial.- Desde el pasado 28 de julio, la Barriada de la Paz y el barrio de Puntales ya son escenario oficial de los actos del Bicentenario de la Constitución de Cádiz. Dos respectivos actos de homenaje a los artilleros que lucharon por defender nuestra costa urbana vecinal, hará que los gaditanos de Puerta Tierra puedan involucrarse un poco más en la esencia de lo que significó el Doce para una ciudad como Cádiz.

La tarde comenzó con un vistoso desfile que partió del patio de la Fundación Tartessos en la calle Trille, formado por la recreación histórica de los Milicianos Nacionales, Voluntarios Distinguidos y Artilleros de Extramuros, incorporándose también los escopeteros de San Fernando. Detrás de los soldados del doce, un colorista grupo de mujeres y niños ataviados según la época.



El primer homenaje tuvo lugar en la Barriada, donde se condecoró a siete artilleros de Extramuros –con nombres y apellidos del Doce-, dando título a una plaza de la zona, que pasará a llamarse Hospital Real Segunda Aguada. Continuó el desfile hacia el barrio de Puntales, actualmente celebrando su semana cultural. Allí estaba previsto el segundo homenaje a los soldados que defendieron con su vida el histórico baluarte de San Lorenzo de El Puntal. Se hizo la correspondiente ofrenda floral en la lápida donde figuran los artilleros desaparecidos en aquel largo asedio francés. La banda de música de la base naval de Puntales interpretó algunas alegres marchas militares, continuando con la ceremonia del adiós a la bandera nacional. Terminó el acto con el desfile de Voluntarios, Milicianos, escopeteros y pueblo, por delante de autoridades civiles y militares.

Voz del pueblo.- "Soy Carmen Toscano Cavana, y el pasado 28 de julio de 1814 seguí a mi hijo Jorge, Voluntario Distinguido de Cádiz, en el desfile y actos de homenaje a los artilleros que defendieron la costa gaditana del ejército francés, en la Barriada de La Paz (Segunda Aguada) y el barrio de Puntales, en Puerta Tierra. No estoy acostumbrada a traspasar las murallas, pero una vez finalizado el asedio a la ciudad, ya se podía caminar tranquilamente por estos parajes.

Junto a milicianos nacionales, voluntarios distinguidos y artilleros de Extramuros, o también llamados Guacamayos y Lechuguinos, según los colores de sus levitas, conocí a un alegre grupo de mujeres y niños de la Isla de León. Ellas son trabajadoras de las salinas, que vienen a acompañar a sus maridos, los escopeteros, que también plantaron cara al francés desde los esteros. He visto que se sienten muy gaditanos a pesar de vivir tan lejos, en una villa que ya tiene título de ciudad, San Fernando.

Al desfilar, la gente nos miraba por las calles con asombro. El primer acto de homenaje en la plaza del Real Hospital de la Segunda Aguada fue adecuado, aunque, en los balcones, un vecino sin pudor estaba asomado sin camisa a pesar de la solemnidad del momento, mientras los condecorados recibían con orgullo las insignias de mano de la autoridad militar.
Nuevamente nos pusimos en marcha hacia el barrio de Puntales, ya no tan lejos con tanto asfalto, rotondas (dos palabras nuevas para mí) y un Mercadona (tengo que venir a conocerlo). Por el camino ya no encontré como antes a bodegueros, hortelanos o panaderos de Extramuros. En cambio, vi mucha ropa tendida en ventanas y balcones exteriores de las casas, lo que me pareció muy poco decoroso, pues afea la belleza de los edificios y muestra algo que debe pertenecer a la intimidad familiar.

A la entrada de Puntales, los amables vecinos nos ofrecieron agua en una especie de casa de postas muy limpia y llena de placas conmemorativas. Pero una vez dentro, el barrio estaba igual que una feria, esperándonos con mantones y reposteros colgando de sus balcones, en pisos costeados –me consta- con trabajo y sudor. Y ocurrió que, de aquellas ventanas y balcones asomaron cabezas femeninas con madroñeras, que, al vernos, gritaron “¡vivan las mujeres valientes! ¡a por los franceses!, y entonces bajaron a la calle y se mezclaron con soldados y pueblo y todos comenzamos a cantar “con las bombas que tiran….”. La libertad de Cádiz en un tanguillo. Alegría ante las adversidades, como el monaguillo campanero de San Francisco que daba cortes de manga cuando caía al mar la última bomba enviada por los franceses. Daba igual ser rico que pobre, Cádiz estuvo unido frente al invasor. Y nuestro Doce no necesitó más argumentos. En 1812 nos jugábamos las escrituras de propiedad del país.

Ofrenda floral a los artilleros muertos en el fuerte de Puntales, según decreto del Rey Don Fernando VII, cuando morir era un trámite más del soldado. La música del himno nacional -aún no la conocía-, suave, lento, nos recordó que ser patriota no es ser fanático ni exaltado, sino leal y servicial a nuestros principios y a nuestra historia, con buena voluntad y nobleza. El desfile de voluntarios arranca aplausos, y mi traje causa sensación. (Tengo una excelente modista, Sofía, de Cádiz).

De vuelta a Intramuros, a nuestras casas, llevo los zapatos con mezcla de tierra de la bahía, y aunque he sido crítica con mi ciudad como mi paisano Cadalso, llevo sobre todo el orgullo del Doce, que me gustaría que compartieran y sintieran todos los ciudadanos de Cádiz".



(En recuerdo de nuestro escritor Fernando Quiñones y su obra "El coro a dos voces").

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Original viaje por el tiempo, sin movernos del mismo lugar. Muy bonito y te veo más cerca de D. Antonio Alcalá Galiano, que de José Cadalso.

Joaquín dijo...

Charo, me ha gustado tu crónica sobre el desfile y acto de condecoración de los Artilleros de Extramuros. Realmente debe ser un orgullo enorme el poder convertirte en una antepasada tuya y revivir en cierto modo los acontecimientos que ella vivió. Un saludo de parte de un Voluntario Distinguido de Cádiz.

Charo Barrios dijo...

Muchas gracias Joaquín. Espero poder contar más noticias de nuestro Bicentenario. Un abrazo.